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Huarás en su literatura

Ritual

Ritual

—Veo que no bailas.

Una mirada poco interesada, pide una cerveza, no recibe respuesta.

—¿Me dejas invitarte algo de beber?; ¿una cerveza?­— insiste.

Sin mirarlo:

—Una “Piña colada”.

Así inician su charla. Después, ella invita; para no deber favores. El diálogo no es del todo amable; pero mientras ocupan un asiento en la taberna, nunca se corta. No bailan.

La calle con su contada gente, por la hora avanzada, los acoge fría e indiferente. Caminan con ocio; hablan de sus rutinas (cuidando mencionar solo lo necesario): ella vino a ver a su madre, está de visita, como cada cuatro meses; él no puede ni quiere moverse de aquí, ama su tierra, repite esto siempre, es su mejor excusa; ella cambia de empleo con frecuencia, ahora trabaja en una fábrica textil, no desea eternizarse en un empleo, pero aunque no lo quiere reconocer, es una esclava eterna; no puede quejarse, le va bien, ya se habituó; es fácil hacerlo en la capital; él, por fin se ha recibido de maestro, le dieron una plaza por Yanama, a once horas de aquí; es una buena oportunidad.

Luego un silencio absoluto.

 —Parto dentro de dos días.

—Es pronto.

—Lo sé.

—Pero, supongo que vendrás.

—Claro. Siempre que pueda.

Conversan cómodos y prudentes, de modo confidencial. En general el diálogo es un jarro suspendido en el aire; saben que solo una frase puede hacerlo caer, y los añicos incrustárseles para dañarles por siempre; pero ésta, no llega nunca.Sentados en un parque, distraídos del paso de las horas, las palabras no pueden acabar. Para hablar necesitan todo el tiempo que no tienen. Ella se percata.

—¿Nos vamos?

—Sí.

No se dicen más. Él la abraza sin vacilar. Ella, recostada en él, como un niño, se deja llevar.

Al ingresar, ella se sienta, junto a la gran ventana del cuarto, en la única silla. Mira la calle vacía. Él, parado al borde de la puerta, fuma mudo e impasible. Ella espera el peso de las manos sobre sus hombros. Él, tira el cigarrillo fumado a medias, lo pisa al dar el primer paso, y la toma como ella imagina. La besa en el rostro: un susurro cosquilleante, acompasado con el tono de voz —que revienta como música lejana, cuyas notas todavía están en el recuerdo—, de súbito, la hace levantarse y abrazarle desenfrenada. Junto al beso que se torna interminable, se produce el desprendimiento de prendas. La sostiene en sus brazos, la extiende en el lecho, abriga su piel con la suya: privilegiado, el tacto, emerge en su reino. Navegan imperturbables en un mar ya conocido, disfrutando el vaivén de las olas: lentas, medianas, violentas, que los extravía en un naufragio que desean inagotable, eterno. Llega, empero, el descenso impostergable, aborrecido. El mar se diluye.

Quedan en un cuarto con su única silla y la gran ventana, en ese lecho grato que aún no extingue sus brasas; con la misma oscuridad y el mismo silencio de la hora; la misma habitación de antes, de ahora, de siempre. Ella le mira; piensa: “te odio”. Sonríe, y susurra igualmente:

—También te extrañé.

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